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Turismo religioso: entre cúpulas y campanarios de Córdoba

El centro histórico de la capital cordobesa es el punto de partida de una original propuesta de turismo religioso para disfrutar a pie o en un antiguo bus inglés.


El ojo vidriado del ventanal del legendario restaurante Maxim’s pretende abarcar todo el centro histórico de Córdoba capital. Desde la perspectiva privilegiada de este mirador –en el piso 11 del hotel Sussex–, por detrás de los colores naturales de la plaza San Martín emerge la ciudad de los campanarios, un sugerente perfil, apuntalado por las cúpulas de iglesias, monasterios y capillas, cuyas líneas redondeadas se superponen con los trazos rectos, bastante menos agraciados, de los departamentos.

El circuito religioso se empieza a desandar allí enfrente, a unos pasos del mojón del Kilómetro 0 y el Monumento al Libertador. Pero no está nada mal tomar cierta distancia de la primera escala y después, con un pantallazo previo, disponerse a abordarla: en primerísimo plano, la Catedral muestra cada uno de sus detalles sin obstáculos. Bajo las armónicas formas de estilo barroco de sus dos torres asoman las campanas del siglo XIX, popularizadas por creyentes y ateos como “La gorda”, “La chica”, “La alta” y “La grande”.

La cúpula principal se alarga con líneas románticas y hasta se cuelan pinceladas de arte mestizo y una figura triangular, que añade un matiz neoclásico. La soberbia obra de arquitectura religiosa colonial armoniza con la fachada de la recova, que el Cabildo preserva a un costado, y el Solar de la poetisa Leonor de Tejeda Mirabal.

Alrededor del máximo símbolo religioso de la ciudad se alcanza a distinguir buena parte de las setenta manzanas que diseñó Jerónimo de Cabrera en 1577, cuatro años después de abrirse paso entre los nativos comechingones, lo que le permitió levantar los primeros cimientos de la aldea.

Ya en esos tiempos fundacionales, Córdoba despuntaba como una tierra próspera para la religiosidad y las devociones populares. De la mano de los conquistadores españoles pusieron pie distintas órdenes religiosas. La creciente actividad del clero, que dependía del Obispado local, se vio reflejada en la cantidad inusitada de templos, conventos y capillas inaugurados.

Orgullo cordobés

Hacia el sur de aquella cuadrícula simétrica –el génesis de esta ciudad que no deja de extenderse– se instalaron los sacerdotes jesuitas, artífices de un legado que revive en la sede de la Compañía de Jesús, las aulas del Colegio de Monserrat, el Noviciado y la Universidad, el indiscutible bastión de la renombrada “Docta”, que suele inflar el pecho de los cordobeses.

Pero quedan más joyas para admirar a lo largo de la caminata por la Manzana Jesuítica. Las paredes de piedra de la Capilla Doméstica –construida entre 1643 y 1645– sostienen estoicamente el techo original hecho con cañas tacuaras, que siguen férreamente unidas con tientos de cuero y decoradas con pinturas vegetales. Es exactamente el mismo sitio, hasta ahora casi inalterado al primer vistazo, al que recurría el cura José Gabriel del Rosario Brochero, ya ascendido a sacerdote, para practicar su rutina de ejercicios espirituales a fines del siglo XIX. El admirable aspecto edilicio de esta reliquia se replica en la iglesia de la Compañía de Jesús, otra pieza del siglo XVII insoslayable para los visitantes.

El sector sudoeste del casco antiguo de la capital cordobesa, dominado por las notorias siluetas del Convento de San Jorge y la iglesia de San Francisco, sigue siendo el territorio más representativo de la orden franciscana, la primera que se estableció en la ciudad. Los tesoros más preciados de este templo son su reconocido archivo histórico y el mobiliario del siglo XVI.

A su vez, la ubicación de la Basílica de Santo Domingo de Guzmán señala que los dominicos echaron raíces en el noreste. Aquí suele verse a fieles que permanecen inmóviles, llevados por la fe y la devoción, frente a la Virgen del Rosario del Milagro, la patrona de la Arquidiócesis. En la imagen venerada resalta una corona de oro macizo con incrustaciones de piedras preciosas, aportadas por las joyas que donaron distinguidas damas de la aristocracia cordobesa.

Hacia el noroeste de la ciudad brilla desde 1926 la cúpula con forma de cebolla, revestida con cerámicas importadas de Francia, del templo de los mercedarios.

Cada uno de estos matices cambiantes de la capital cordobesa es parte esencial del paseo a pie. A una velocidad no mucho mayor –promedia los 30 kilómetros por hora–, un micro Bristol, fabricado en 1964 en la Liverpool revolucionada por Los Beatles, propone ampliar los alcances del city tour religioso desde uno de los cuatro vértices de la plaza principal. Apenas el clásico bus inglés arremete con su cuerpo rojo intenso en las estrechas calles del centro, cruza La Cañada –el tajo de 3 kilómetros que marca un arroyo en la ciudad, en su viboreante curso hasta el río Suquía– y los pasajeros empiezan a distinguir las campanadas de la iglesia María Auxiliadora, bastante disminuidas por el estridente concierto del tránsito.

Terraza descubierta

Cuando el vistoso vehículo rumbea hacia los mojones salientes del “Circuito de los monasterios”, los pasajeros, plácidamente sentados sobre el techo descubierto, asisten al último tramo de la ardua carrera de obstáculos que demanda el laberinto céntrico, un desafío que el micro sortea con parsimonia. Una vez que se desliza por la avenida General Paz, el paseo ingresa en un carril más sosegado, aunque enseguida conviene observar el paisaje urbano meneando las cabezas, obligados por los cables aéreos del trolebús de la avenida Colón.

La ciudad moderna vuelve a proponer una mirada hacia su pasado en el Monasterio de Santa Catalina de Siena, erigido a partir de una Bula dictada por el papa Urbano VIII en 1625. Más testimonios tangibles de la tradición católica que atraviesa a la sociedad cordobesa son resguardados con celo en el Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda y entre los objetos de arte y las pinturas de las celdas de clausura, las salas más atractivas del Monasterio de las Hermanas Carmelitas Descalzas de San José.

Quedan otras escalas posibles del circuito religioso cordobés en los cuatro puntos cardinales de la capital. Una pieza suelta del patrimonio jesuítico se oculta debajo del pavimento, en el ruidoso cruce de la avenida Colón con Rivera Indarte. La cripta, obra de los originarios pobladores comechingones, fue redescubierta en 1988. Tras la expulsión de los sacerdotes jesuitas en 1767, pasó a manos de los curas betlehemitas. En el pasillo subterráneo reina el silencio. Sobre la superficie, el frenético andar de los autos se aquieta repentinamente, a la manera de un respetuoso gesto ante tan valioso legado.

Fuente: Clarín.com